
Mientras el gobernador Samuel García disfruta de merecidas vacaciones en la playa —o al menos eso parece, dada su ausencia en momentos críticos—, Nuevo León amanece en 2026 una vez más sin un presupuesto aprobado para el año en curso.
Por cuarto año consecutivo, el estado se ve obligado a operar con la reconducción del presupuesto anterior, un mecanismo que, aunque legal, revela una profunda crisis de gobernabilidad y una falta de diálogo constructivo entre el Ejecutivo y el Legislativo.
Salirse de vacaciones, sin resolver los problemas del Estado, deja a la vista la irresponsabilidad del titular del ejecutivo  en la conducción de los destinos del Estado
El Congreso local aprobó en tiempo y forma el Paquete Fiscal para 2026, con un monto superior a los 160 mil millones de pesos, rechazando la deuda solicitada por el Ejecutivo y el incremento al Impuesto Sobre Nómina.
Sin embargo, el gobernador optó por no publicar el decreto en el Periódico Oficial del Estado, adelantando incluso el periodo vacacional de esta dependencia para evitar su entrada en vigor.
Desde la comodidad de su descanso, García descartó el paquete aprobado, argumentando falsamente en documentos oficiales que no había sido avalado por los diputados —cuando sí lo fue— y alegando una notificación en día inhábil, pese a que ocurrió el 17 de diciembre de 2025.
Esta maniobra no es nueva. Samuel García había prometido públicamente aceptar el presupuesto “tal como lo enviaran los diputados”, pero una vez más su palabra se desvanece como humo. Con esta acción, Nuevo León inicia el año acéfalo en términos presupuestales: sin rumbo claro para nuevos proyectos, con obras a medias en limbo y con el riesgo de que el Ejecutivo use esta situación como pretexto para presionar por más deuda en el futuro cercano, especialmente con las campañas electorales en el horizonte.
Si, como afirma el gobernador, con el presupuesto anterior “le basta y sobra” para concluir las obras pendientes —metro, presas, carreteras—, ¿para qué insistir en endeudamiento adicional? La contradicción es evidente: se revela un afán por más recursos discrecionales, en detrimento de la planeación responsable que el estado merece.
Este patrón repetitivo —el mismo jueguito de victimizarse, culpar al “PRIAN” de obstruccionismo y amenazar con paralizar el gobierno— cansa a los nuevoleoneses. Parece el berrinche de un niño malcriado que, al no obtener exactamente lo que quiere, arma un escándalo para salirse con la suya. Pero Nuevo León no es un juguete personal: es un estado próspero que merece liderazgo maduro, no caprichos.
La solución es sencilla: los diputados deben mantenerse firmes, no ceder a presiones ni sucumbir a chantajes, y rebatir punto por punto las inexactitudes que surjan del Ejecutivo.
Solo así se romperá este ciclo vicioso y se obligará a un diálogo real, no a imposiciones. Los ciudadanos no podemos permitir que, mientras el titular del Ejecutivo descansa en la playa, el estado quede ingobernable y sin dirección financiera clara.
Nuevo León merece más que promesas rotas y excusas vacacionales.
Exigimos responsabilidad.

Vacaciones tres veces al año, es demasiado